Acoger un estudiante en prácticas extranjero puede sonar, de entrada, a papeleo, obligaciones y posibles problemas legales. Es una duda normal. Muchas empresas de Barcelona estarían encantadas de contar durante unas semanas con talento joven, inglés nativo, visión internacional y ganas de aprender, pero antes quieren saber algo muy concreto: “¿Qué responsabilidad estoy asumiendo realmente?”.
La respuesta corta es que una empresa colaboradora no está contratando a una persona trabajadora, ni tiene que tratar la práctica como si fuera una incorporación laboral ordinaria. Pero eso no significa que no tenga ningún compromiso. La clave está en entender bien el marco: hablamos de una experiencia formativa, organizada y supervisada, en la que la empresa ofrece un entorno profesional real, tareas acordes al perfil académico y una persona de referencia que acompañe al alumno.
En el caso de Acceso Universitario, el objetivo es precisamente facilitar ese puente entre empresas locales y estudiantes universitarios internacionales, evitando que la empresa tenga que improvisar. La organización del programa, la selección del perfil, el acompañamiento y el seguimiento no recaen solos sobre la empresa anfitriona.
La primera responsabilidad: entender que no es una relación laboral
Una de las objeciones más habituales es esta: “¿Estoy contratando a alguien?”. En una práctica académica externa, la finalidad es formativa. El Real Decreto 592/2014 define las prácticas académicas externas universitarias como una actividad formativa supervisada, cuyo objetivo es permitir al alumnado aplicar y complementar los conocimientos adquiridos en su formación académica. Además, la norma indica que las prácticas no pueden sustituir una prestación laboral propia de un puesto de trabajo.
Dicho de otra forma: la empresa no debe usar al alumno como mano de obra barata, ni cubrir con él una necesidad estructural del negocio. No debería ocupar el lugar de una persona contratada, ni asumir responsabilidades que no correspondan a su nivel de formación.
Esto es importante porque protege a las dos partes. A la empresa, porque evita confusiones. Y al alumno, porque garantiza que la experiencia tiene sentido académico y profesional.
Qué debe aportar la empresa anfitriona
La empresa colaboradora no tiene que diseñar todo el programa desde cero, pero sí debe ofrecer una experiencia realista, útil y ordenada.
Un entorno profesional adecuado
El alumno necesita integrarse en un espacio donde pueda observar, participar y aprender. No hace falta preparar una estructura compleja ni crear un departamento específico para recibirlo. Lo que sí conviene es tener claro qué tipo de tareas podrá realizar, con qué personas se relacionará y qué objetivos formativos se persiguen.
Por ejemplo, en una empresa de marketing puede apoyar en investigación de mercado, análisis de contenidos, propuestas para redes sociales o revisión de materiales en inglés. En una empresa turística, puede colaborar en atención internacional, preparación de información para visitantes o apoyo en comunicación. En una firma de arquitectura, puede participar en documentación, referencias visuales o apoyo a proyectos bajo supervisión.
La idea no es “tener a alguien ocupado”, sino que las tareas encajen con sus estudios.
Un tutor o persona de referencia
La empresa debe designar una persona que actúe como tutor interno. No tiene que ser un profesor ni dedicar toda su jornada al alumno, pero sí estar disponible para orientarle, resolver dudas, revisar avances y comprobar que la práctica se desarrolla correctamente.
El Real Decreto 592/2014 contempla la figura del tutor de la entidad colaboradora y prevé que, al finalizar las prácticas, pueda realizar un informe sobre las horas realizadas y la valoración de competencias desarrolladas.
En la práctica, esto se traduce en algo bastante sencillo: alguien de la empresa debe saber qué está haciendo el alumno, acompañarle en su adaptación y evitar que quede “suelto” sin instrucciones claras.
Qué no tiene que asumir la empresa
Esta parte es clave, porque muchas empresas rechazan acoger perfiles internacionales por miedo a cargas que realmente no les corresponden.
No tiene que pagar un salario
Si el programa está planteado como práctica formativa no laboral y no remunerada, la empresa no asume un salario. Esto debe quedar correctamente articulado dentro del programa correspondiente y nunca debe confundirse con una contratación encubierta.
Eso no impide que una empresa pueda tener algún detalle, ayuda o invitación puntual, pero no es lo mismo que una nómina ni convierte automáticamente la práctica en una relación laboral. Lo importante es que todo esté claro desde el inicio.
No tiene que encargarse del alojamiento ni de la vida personal del alumno
En programas internacionales bien organizados, cuestiones como alojamiento, orientación cultural, apoyo local o seguimiento general forman parte de la estructura del programa. La empresa anfitriona no se convierte en responsable de la estancia completa del alumno en España.
Su papel se limita al entorno profesional: recibirlo, integrarlo razonablemente en la actividad formativa, asignar tareas adecuadas y mantener una comunicación fluida si surge cualquier incidencia.
No tiene que resolver sola cualquier problema
Otra objeción muy común es: “¿Y si el perfil no encaja?”. Precisamente por eso es importante que exista una entidad coordinadora. Si hay dudas de adaptación, horarios, tareas o comunicación, la empresa no debería gestionarlo en solitario.
En un programa serio, hay seguimiento antes, durante y después de la estancia. Esto permite corregir expectativas, ajustar tareas o intervenir si algo no funciona como debería.
Seguridad, prevención y sentido común
Aunque no exista una relación laboral ordinaria, la empresa sí debe cuidar el entorno en el que el alumno realiza la práctica. La Ley de Prevención de Riesgos Laborales tiene como finalidad promover la seguridad y la salud en el ámbito del trabajo, y en la práctica cualquier empresa que recibe estudiantes debe actuar con prudencia: informar de normas básicas, evitar tareas peligrosas o no adecuadas y explicar cómo moverse dentro del centro de trabajo.
No se trata de asustar a nadie. En la mayoría de oficinas, agencias, estudios, despachos o empresas de servicios, bastará con una acogida razonable: explicar horarios, accesos, uso de equipos, normas internas, confidencialidad, canales de comunicación y personas de referencia.
Si la actividad implica riesgos específicos —laboratorios, obras, maquinaria, entornos sanitarios o desplazamientos— entonces sí conviene revisar el caso con más detalle antes de aceptar la incorporación.
Seguridad Social y prácticas formativas
Desde el 1 de enero de 2024, los alumnos que realizan prácticas formativas, remuneradas o no remuneradas, están incluidos en el sistema de la Seguridad Social. Así lo explica la propia Seguridad Social en su guía sobre alumnos en prácticas.
Ahora bien, esto no significa automáticamente que la empresa tenga que asumir siempre todos los trámites. Depende del tipo de práctica, del convenio y de cómo esté organizado el programa. Por eso es importante que la empresa no improvise y que el programa deje claro quién gestiona cada obligación.
Para una empresa anfitriona, la pregunta no debería ser solo “¿cotiza o no cotiza?”, sino “¿quién se encarga de coordinar correctamente esta parte?”. En programas internacionales estructurados, esta cuestión debe estar prevista antes de que el alumno se incorpore.
Tareas adecuadas: dónde está el límite
El punto más delicado suele estar en las tareas. Una práctica funciona bien cuando el alumno participa en actividades reales, pero siempre con una finalidad formativa.
Puede colaborar, proponer, investigar, preparar materiales, asistir a reuniones, apoyar proyectos, hacer análisis o practicar competencias relacionadas con sus estudios. Lo que no debe ocurrir es que cargue con responsabilidades críticas sin supervisión, sustituya a una persona de plantilla o se le asignen tareas repetitivas sin valor de aprendizaje.
Ejemplos de tareas razonables
En marketing, puede revisar campañas, apoyar contenidos, estudiar competidores o aportar una perspectiva internacional. En educación, puede colaborar en materiales, conversación en inglés o apoyo cultural. En empresa, puede ayudar con análisis, investigación, organización documental o presentaciones. En turismo, puede aportar mucho en atención a público internacional y comunicación.
Ejemplos que conviene evitar
No debería quedarse solo al frente de un departamento, gestionar clientes sin apoyo, asumir objetivos comerciales propios de un empleado o cubrir vacaciones de personal. Tampoco tendría sentido asignarle únicamente tareas mecánicas que no guarden relación con su formación.
Horarios, calendario y expectativas
Otra preocupación habitual es el tiempo. Muchas empresas piensan que acoger un perfil internacional supone una carga diaria enorme. En realidad, si se organiza bien, no tiene por qué ser así.
Lo aconsejable es definir desde el principio el calendario, los horarios aproximados, el departamento o área de trabajo y las tareas principales. En programas de verano, especialmente durante junio y julio, esto permite que la empresa planifique mejor y que el alumno llegue con una expectativa clara.
También conviene tener preparada una pequeña bienvenida: presentación del equipo, explicación básica de la empresa, herramientas que va a usar y primeras tareas. Ese primer día marca mucho la diferencia.
Confidencialidad y protección de información
Si el alumno va a ver documentos internos, datos de clientes, procesos, presupuestos, campañas o información sensible, la empresa debe tratarlo con normalidad pero con cuidado. Se le pueden explicar las normas internas de confidencialidad y limitar el acceso solo a lo necesario.
No hace falta abrirle todas las carpetas ni darle acceso a información crítica. Lo razonable es aplicar el mismo criterio que se usaría con cualquier persona que entra temporalmente en la organización: acceso proporcional, supervisado y justificado.
Qué gana la empresa si lo hace bien
Cuando la experiencia está bien planteada, la empresa no solo “ayuda” a un alumno. También recibe una mirada fresca, internacional y muchas veces muy útil. Un perfil universitario estadounidense puede aportar naturalidad con el inglés, referencias culturales distintas, ideas nuevas y apoyo en proyectos que quizá la empresa tenía parados por falta de tiempo.
Además, para empresas de Barcelona y su área metropolitana, participar en programas de este tipo refuerza su imagen como organización abierta, formativa e internacional. No todas las ventajas se miden en producción inmediata. A veces el valor está en abrir la empresa a otra forma de pensar.
Una responsabilidad asumible si hay acompañamiento
Acoger un estudiante en prácticas extranjero no debería verse como un problema, sino como una colaboración formativa con reglas claras. La empresa tiene responsabilidades, sí: ofrecer tareas adecuadas, designar un tutor, cuidar el entorno, respetar el carácter formativo y mantener una comunicación mínima durante el proceso.
Pero no tiene que hacerlo todo sola. Cuando Acceso Universitario coordina el programa, la empresa anfitriona cuenta con una estructura previa que ayuda a seleccionar perfiles, resolver dudas y acompañar la experiencia.
La clave está en no plantearlo como una contratación, ni como un favor improvisado. Es una colaboración académica y profesional. Si se entiende así desde el principio, la experiencia puede ser sencilla, enriquecedora y muy positiva para ambas partes.



